Ana (Frank) y Joseph (Ratzinger)

Ana (Frank) y Joseph (Ratzinger)

Michel Onfray
l’Humanité

Traducido del francés para Rebelión por Caty R.

Cuando Ana Frank escribe su diario tiene trece años. Está confinada en su minúsculo cuarto y apartada del mundo al que le une un aparato de radio que en aquellas fechas, 1942, ‘ameniza’ su encierro con relatos de cámaras de gas, caza de judíos, persecuciones, deportaciones en vagones para ganado. Sin distinguir entre mujeres, viejos y niños, a los que separan de sus familias. El 3 de marzo de 1944, habla de “millones de personas asesinadas o gaseadas sin contemplaciones”. Verifique…

En 1939, un niño llamado Joseph Ratzinger, seminarista en Baviera, ingresa en las juventudes hitlerianas. Con muy pocos meses de diferencia, los dos niños tienen la misma edad. El futuro Benedicto XVI se quedará allí hasta el fin de la guerra. En 1944 tiene diecisiete años. Durante el medio siglo que ha pasado desde la liberación de los campos, ni una explicación, ni un síntoma de pesar, ni un atisbo de arrepentimiento, ese deporte nacional de los católicos. Cuando Dios todopoderoso inspiró el cónclave de los cardenales electores, no encontró este pasado lo suficientemente indigno como para sugerir otro nombre a esos vejestorios. Dios es amor…

Alguien dirá que, como millones de personas en esa época, el joven no pudo escoger. Como Eichmann, se limitó a obedecer, a no rebelarse, a aceptar, consentir, rendir su tributo al partido nazi. Como Eichmann, no mató con sus propias manos. Como Eichmann, afirma que no tuvo elección. Como el cristiano Eichmann, el Papa proclama que los demás tienen capacidad para elegir y deben asumir las consecuencias de su elección: culpabilidad, castigo, expiación… Pero sólo para otros…

Y esto no es lo más grave. Después de todo, no ser un héroe no te convierte en un canalla… Pero cuando, ya jefe del Vaticano, proclama en el recinto de Auschwitz que el nazismo fue obra de un “grupo de criminales” que engañó a todo el pueblo alemán en conjunto -aunque lo votaron democráticamente como un solo hombre-, que los crímenes nazis constituyen “un ataque contra el cristianismo”, no nos queda más remedio que echar un vistazo a la historia: ¡los católicos son tan olvidadizos!.

Recordemos que Pío XII firmó un concordato con el nazismo; que el Vaticano jamás puso Mein Kampf en el Índice, lo que sí hizo con Montaigne, Descartes, Sartre, Bergson y muchísimos otros; que no se excomulgó a ningún nazi por pertenecer a una ideología criminal -al revés que los comunistas, que fueron anatematizados en bloque-, que el Vaticano permitió, con sus pasaportes diplomáticos la evasión de criminales de guerra a través de los monasterios alemanes, suizos e italianos, sustrayéndolos a la acción de la justicia; Hitler podía ser pagano, pero como buen deísta, no estaba en contra del cristianismo; en su libro elogia a Jesús cuando expulsa a los vendedores del templo –judíos-, y celebra la preponderancia del imperio cristiano; sus militares lucían en el cinturón un eslogan nada ateo: “Dios está con nosotros” en clara confrontación con la estrella amarilla y el triángulo morado o rosa que estigmatizaba a los judíos, testigos de Jehová u homosexuales. Nunca utilizó signos para identificar a los cristianos, que jamás fueron perseguidos como tales, etc.

El reciente viaje de Benedicto XVI a Auschwitz demuestra que Pío XII no tendría que avergonzase de su sucesor… Ana Frank tendría ahora la misma edad, con pocos meses de diferencia, que el Papa actual.

Fuente: http://www.humanite.fr/journal/2006-06-03/2006-06-03-830980

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