Apocalipsis on the rocks

Apocalipsis on the rocks

DAVID TORRES

No sabemos si acabará por agua, fuego o hielo, pero que el mundo se va al carajo es casi seguro. Quiero decir el mundo tal y como lo conocemos, con bañadores y crema solar, con sombrillas y bikinis. De momento la hipótesis del agua lleva ventaja porque el calentamiento global se acelera a ritmo de peli porno y los polos se derriten cual cubitos en el whisky. El hielo de Ross, la plataforma de hielo más grande de la Antártida, ya ha iniciado su proceso de arteriosclerosis mientras que el polo Norte se reduce como el pelo en mi cocorota. Para cuando del polo norte se reduzca al nivel de un gin-tonic -perspectiva para la que algunos científicos optimistas no echan más de un siglo- Japón, Bangladesh, las costas de Asia, Europa, África y América, buena parte de Australia e Indonesia habrán desaparecido bajo las aguas. El sobaco de la Estatua de la Libertad será un refugio de percebes y Palma de Mallorca nada más que el paisaje de un documental submarino.

En ese momento, sólo los alpinistas más audaces, encaramados a las cumbres más altas de la Tramuntana, disfrutarán de un terreno habitable. Los constructores mallorquines azuzarán a los arquitectos para que ideen la forma de calzar un hotel de cinco estrellas en un risco inaccesible, con los cimientos alojados en la cuna de una pezuña. Sólo entonces descubriremos que el Pocero, como Noé, recibió un buen día un mensaje de Jehová y todos los que nos reímos de su yate trasatlántico pereceremos ahogados bajo la estela del arca flamante y kilométrica, rebosante de parejas fértiles.

En cambio nuestra presidenta ha recibido un tipo de iluminación diferente. Como los apocalipsis nunca vienen de uno en uno, en sus visiones del fin del mundo, Vilma Picapiedra ha visto también las Islas inundadas de H2O: agua, sí, pero transformada en hielo. Porque según otros agoreros de laboratorio, los calores que padecemos en los últimos años no son más que los síntomas de una nueva glaciación que devolverá toda una faja del planeta Tierra a la época de Altamira. Ese desastre explicaría la obsesión de Vilma Picapiedra por acumular pellejos y pellejos de bichos muertos cual hormiga ahorradora: las ingentes toneladas de pieles de oso, de nutria y de visón salvarán a los mallorquines de la inclemencia polar que se avecina.

Para hacer frente a semejante catástrofe ecológica, se necesita una mente previsora como la de Vilma Picapiedra, y un presupuesto para protocolo como el del presidente del Gobierno. Si Shackleton salvó a la tripulación del Endurance de banquisa en banquisa y la expedición de Scott se alimentó de ponys muertos, no hay nada que temer. La presidenta nos guiará con su instinto de cazador de osos, alimentándonos de carne de caballos trotones, que para eso sí sirven los muy pencos. Tanto achacarle delirios de grandeza y fetichismo plantígrado y pinnípedo, y va a resultar que lo suyo es visión de futuro.

http://www.elmundo-eldia.com/2007/01/12/opinion/1168556405.html

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