De Pinilla a Escandinavia y se hizo testigo

De Pinilla a Escandinavia

Hace más de 40 años que Joaquín García Rodríguez dejó la capital para irse a Noruega, pero el cariño que siente por Zamora permanece intacto

Joaquín García y su mujer, Grethe, en las montañas noruegas.

ANA MARÍA CAVERO
Corría el año 1971 cuando Joaquín García Rodríguez viajó desde España a Noruega huyendo de la policía del régimen franquista que lo acusaba de ser el cabecilla de una huelga organizada para exigir mejoras laborales. «Llevaba dos años trabajando en la fábrica de Seat de Barcelona cuando quisieron implantarnos una ley de trabajo que no se ajustaba a lo establecido en el convenio. Protestamos y empezaron las persecuciones», cuenta este zamorano que, a pesar del tiempo transcurrido, aún recuerda con claridad aquellos días vividos en el desasosiego: «Vivía prácticamente en la clandestinidad, en dos meses tuve que cambiar cuatro veces de dirección, tenía a la policía siguiéndome los pasos continuamente. Mi única salida era salir del país así que recurrí a un amigo noruego, al que había conocido en Barcelona y gracias a su ayuda fue que pude llegar a la ciudad de Bergen».
Atrás dejaba una vida difícil aunque no exenta de satisfacciones. Joaquín García nació en el barrio de Pinilla pero su familia, por motivos económicos, lo entregó al cuidado de las monjas del antiguo colegio del Tránsito, ubicado en lo que actualmente es el Parador de los Condes de Alba y Aliste, donde vivió hasta que cumplió los 20 años. «A pesar de que mi infancia fue bastante dura guardo muy buenos recuerdos de aquella época porque aunque no conocí a mi familia sí pude entablar lazos muy fuertes de amistad y cariño con aquellos que se criaron conmigo». Entre los mejores recuerdos que conserva de su niñez y adolescencia destacan su participación en la «Banda Municipal de Zamora», donde tocaba el saxofón, y los partidos de fútbol que disputó con el equipo «La Unión» en el antiguo campo de fútbol del «Ramiro Ledesma».
En el colegio, Joaquín García se formó como sastre y al cumplir 20 años viajó a San Sebastián para ganarse la vida sin sospechar que en dicha ciudad vivía su familia biológica. «Al parecer mis hermanos siempre habían estado informados sobre mi vida y cuando viajé a San Sebastián me buscaron. Obviamente les hice muchas preguntas. Quería saber, por ejemplo, ¿por qué sólo me dejaron a mí en el colegio del Tránsito y mis tres hermanos se criaron con mi madre? Y también quería saber sobre mi padre, pero nunca recibí respuestas claras. A partir de entonces hemos mantenido el contacto pero es una relación bastante fría».
Desde San Sebastián, García Rodríguez se trasladó a Barcelona pero fue cuando llegó a Noruega que su vida cambió radicalmente. En un principio, debido a los problemas que había tenido con la policía española, fue acogido como asilado político pero no pasó mucho tiempo hasta que consiguió un empleo como sastre y obtuvo el permiso de residencia. «En un principio recibí mucho apoyo del Partido Socialista Noruego. Al llegar a Bergen viví con un matrimonio noruego-español y a través de ellos pude conseguir un empleo en una fábrica textil y un lugar donde vivir. Lo más difícil fue la comunicación, me costó mucho aprender el idioma, pero poco a poco me fui acostumbrando a mi nueva vida, aunque siempre con la ilusión de regresar a España cuando Franco dejara el poder».
En 1973 se casó con Grethe, una noruega con la que tuvo tres hijos, Daniel, Víctor y Robert, y fue su situación familiar la que lo obligó a dar un nuevo giro en su vida. «Trabajando como sastre no me iba tan bien como deseaba económicamente así que decidí presentar una solicitud para trabajar en una de las plataformas de la industria petrolera en el Mar del Norte y conseguí el empleo. Mi labor era en la zona del restaurante así que no tenía que soportar el frío como aquellos que trabajaban a la intemperie pero igualmente era un trabajo muy duro. Pasaba dos semanas en la plataforma y dos en casa con mi familia, en la ciudad de Larvik. Esa fue mi vida durante 24 años», comenta.
Fueron precisamente las duras condiciones de trabajo las que le causaron una dolencia en la espalda por la que tuvo que jubilarse con 55 años. A partir de entonces Joaquín García se ha dedicado a cultivar aficiones como el deporte y la ebanistería y especialmente a la labor pastoral que realiza entre los Testigos de Jehová.
A Zamora regresó a finales de los años 80 y, como recuerda, fue muy emocionante volver a visitar los lugares en los que había transcurrido su infancia. «El momento más especial fue cuando visité el que había sido mi hogar durante 20 años, donde hoy se ubica el Parador de los Condes de Alba y Aliste. También recorrí las instalaciones de lo que había sido la sastrería, la imprenta, la cárcel… todo lo encontré muy cambiado», comenta y añade: «Los recuerdos que guardo sobre Zamora son los mejores. Es verdad que en el colegio lo pasé miserablemente, especialmente por la condición de pobreza en la que vivíamos, pero también es cierto que durante ese tiempo conocí a los que hasta hoy en día considero mis hermanos y con los que formé una familia». Con muchos de ellos todavía mantiene el contacto y aprovecha la oportunidad para verlos cada vez que viene a Zamora, lo que procura que sea cada tres o cuatro años. «Cuando voy para allá me traigo garbanzos de Fuentesaúco y habones de Sanabria porque en nuestra casa siempre está presente la gastronomía zamorana, especialmente los platos de cuchara que sientan tan bien en los fríos días de invierno». Y es que a pesar de haber dejado su ciudad natal hace más de 40 años Joaquín García sigue sintiéndose muy orgulloso de ser zamorano.

http://www.laopiniondezamora.es/zamoranos-mundo/2009/09/24/zamoranos-mundo-pinilla-escandinavia/385645.html

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