La memoria del Holocausto

Ida Grispan (izquierda) y Magdalena Kusserow muestran fotos suyas y de sus familiares de
la época del nazismo. La Opinión

Las dos fueron detenidas cuando eran adolescentes y perdieron a casi todos sus familiares. Ian Grispan y Magdalena Krusserow llegan a granada para relatar sus experiencias.

MATÍAS OCHOA. ?A Magdalena Kusserow y a Ida Grispan les une el horror. Ambas han estado en campos de concentración nazis, donde han visto toda clase de atrocidades. La primera, alemana nacida en 1924 y testigo de Jehová, y la segunda, francesa de 1929, judía, fueron confinadas por sus creencias cuando eran adolescentes.

Kusserow y Grispan describieron con soltura aquella

época, ayer en la Fundación Euroárabe, donde participan en el primer seminario internacional ‘Mujeres en el Holocausto’. No parecen haberles quedado cicatrices. O, como dice Grispan, “la única manera de dar testimonio de esto es tomar distancia, contar todo como si la protagonista no fuera una, sino una persona conocida”.

Magdalena Kusserow, que ahora tiene 85 años, crecía en una familia idílica. “Éramos once hijos. Como no había televisión, hacíamos deporte, dibujábamos, improvisábamos conciertos”, cuenta. Su padre era funcionario de correos y su madre, maestra. Su casa servía, además, como punto de encuentro de los testigos de Jehová de su ciudad, Bad Lippspringe (ubicada al noroeste, en el estado de Renania del Norte-Westfalia).

La toma del poder por Hitler rompió la tranquilidad hogareña. Arrestaron primero a su padre por celebrar reuniones para estudiar la Biblia y después a su madre, aunque luego la dejaron en libertad “porque tenía muchos hijos a cargo”. Los próximos fueron tres de sus hermanos, de 7, 9 y 13 años, que se los “llevó la policía de la escuela” a un reformatorio donde los educaban en el nazismo.

“Me acuerdo que mi madre los buscó por todos lados y no los encontraba, hasta que le dijeron dónde estaban. Pero no pudo hacer nada para sacarlos”. Era 1939. Kusserow se negó un día en la escuela a levantar el brazo y decir “Heil Hitler”. “El maestro me pegó por ello”. Quedó marcada.

Arresto. Dos años después la arrestaron y la enviaron a prisiones juveniles hasta que cumplió 18 años. “Entonces me dijeron que podía irme a mi casa si firmaba una declaración de renuncia a mi fe”. Se negó y le deportaron al campo de concentración de mujeres de Ravensbrück, a 90 kilómetros al norte de Berlín.

“Éramos unos 300 testigos de Jehová, que vivíamos en un bloque aparte. Allí me contaron lo del crematorio. Por la noche veíamos salir humo de las chimeneas y sabíamos de qué se trataba”. Apenas llegar, le asignaron el arreglo de jardines. “Nos levantaban a las 4.30 o 5.00 de la mañana y nos contaban uno a uno. Si no les daban las cuentas, repetían la operación y podíamos estar allí cuatro o cinco horas de pie”.

Los nazis empezaron a tratar a los testigos de Jehová de forma diferenciada. “Nos veían confiables, porque nos ofrecían la libertad a cambio de renunciar a nuestra fe y lo rechazábamos”. Así, Kusserow compaginaba las tareas de mantenimiento con otra nueva, el cuidado de los hijos de miembros de la SS, sus verdugos. “Sabían que no les íbamos a hacer nada malo porque va contra nuestros principios”. Las casas de estos soldados de alto rango se encontraban al lado del campo, por lo que a ella le dieron una tarjeta especial de salida que aún conserva y que ha traído a Granada junto a otros documentos.

Fusilamientos. Entre los malos recuerdos, cita el suicidio de una mujer que se lanzó “contra los alambrados electrificados” y la llegada de un grupo de Polonia. “Era Navidad, hacía mucho frío. Había un árbol en el patio preparado para la fiesta. Todos se cobijaron allí. mientras los apuntaban. Al otro día, me levanté y había varios muertos en ese lugar”.

Otro golpe duro fue cuando le contaron que dos de sus hermanos habían sido asesinados por negarse a combatir para los nazis, “a uno lo fusilaron y a otro lo decapitaron”. Cuando en 1945 finalizó la II Guerra Mundial, fue liberada. Se encontró con su madre y su hermana en Bad Lippspringe.Reconstruyó su vida, fue misionera en Togo y en Luxemburgo. Desde hace 35 años vive en España, donde ejerce de vicepresidenta del círculo europeo de antiguos deportados e internados testigos de Jehová.

Huida. Ida Grispan recuerda que “cuando los alemanes tomaron Francia hubo un éxodo al campo. Mis padres me hablaron de abandonar la ciudad. No se sabía qué iba a pasar. Conocíamos la situación de los judíos en Alemania, pero pensábamos que estábamos protegidos por la República”. Sus padres habían llegado a París en 1923, provenientes de Polonia “a causa del creciente antisemitismo” en aquel país. Grispan, que el mes que viene cumplirá 79 años, cuenta que la detuvieron en un pueblo pequeño dos gendarmes franceses.

“Le dijeron a la persona que me cuidaba que no se opusiera a que me llevaran, de lo contrario arrestarían a su marido. Antes que ella dijera algo, me entregué”. Tenía 14 años. La trasladaron a París y de ahí a Drancy, un barrio al noroeste de la capital donde se reunía a todos los judíos del país. “Los soldados franceses nos dijeron que iban a enviarnos a campos de trabajo de Alemania y que los que contaban con familiares allí los podríamos ver. Yo me animé mucho porque quería estar con mi madre (ya deportada)”. Era 1944.

Cargaron a Grispan y a “unas 60 u 80 personas en un vagón”, en el que “sólo había un cubo de agua para todos” y “otro para hacer nuestras necesidades”. “El viaje duró tres días, del 10 de febrero al 13. Para dormir, nos echábamos los unos a los otros. Cuando llegamos, nos recibieron los alemanes con sus perros, nos gritaban, no les entendíamos nada”. “Nos obligaron a dejar todo lo que llevábamos. Luego separaron a los hombres de las mujeres. Muchas esposas se aferraban a sus maridos, lloraban. Fue terrible. A las más jóvenes nos llevaron a otro lugar, donde sólo había un oficial de la SS. Nos indicó que las que estaban cansadas se sentasen en un camión. Yo estaba con fuerzas y quedé abajo. Luego me enteré que a aquellas chicas las enviaron directamente al crematorio”.

Mal trato. Al grupo de Grispan se le confinó a uno de los campos anexos a Auschwitz, “de unas 175 hectáreas”. “Tres SS nos gritaron ´naked´. No sabíamos qué decían. Era que nos desnudáramos. Nos afeitaron la cabeza, el pubis y las axilas”, relata, y muestra una fotografía con su cabeza rapada. Les tatuaron un número en el antebrazo izquierdo, que era el orden de llegada.

A Grispan le tocó el 75.360, que aún conserva en su piel. “Nos dieron un paquete con ropa ligera y zapatos. El primer gesto de solidaridad que viví fue cuando, entre nosotras, nos intercambiamos los zapatos que nos venían bien”, indica. El primer día le dieron una sopa que “olía horrible”; “por suerte no tenía hambre y no la probé”. “Veníamos de la libertad, donde teníamos un nombre, apellido, pelo y ropa, y en Auschwitz no éramos más que un número”.

A pesar de todo, y después de los once meses en el campo de concentración, lo peor fue su regreso a Francia, una “vuelta terrible” de la que sólo recuerda el tifus que la postró durante un año en la cama. “Llegué a casa y no había nadie. A mi padre lo habían detenido y llevado en el último vagón a Auschwitz antes de finalizar la guerra”. Grispan no pudo retomar la escuela. Se casó con un sastre y trabajó con él durante muchos años. Ahora está jubilada y vive en Francia.

http://www.laopiniondegranada.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2008110500_28_87110__Cultura-memoria-Holocausto

Un pensamiento en “La memoria del Holocausto”

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