Testigo de los testigos

Por las calles de Uruguay hay 12 mil Testigos de Jehová que llevan todos los días puerta a puerta el “mensaje de Dios” y una forma de vida que se opone a las modas de la sociedad moderna.

El hombre saca de su cartera un mapa y mira con atención. Con el índice recorre la superficie hasta que queda detenido sobre el número 48, su zona. Allí, en la esquina de Simón Bolívar y Silvestre Blanco lo esperan sus compañeros. Lleva unos veinte minutos de retraso y aún le quedan por recorrer quince cuadras hasta llegar al lugar. Todo un desafío paraalguien de 68 años que acaba de superar una gripe machaza.

Son las 16.15 horas de un jueves. La misión, esta vez, es invitar a los vecinos de la zona a la asamblea anual de los Testigos de Jehová. Por eso Ricardo, el hombre en cuestión, lleva unos cuantos folletos que se titulan “Un gobierno mundial”. Más de un desprevenido podrá creer que se trata de pura militancia política en pleno carnaval electoral. Incluso, el día anterior, a uno de sus compañeros, que llevaba una escarapela de fondo celeste con las iniciales “JW” (por la sigla en inglés de los Testigos), lo confundieron con un activista de las juventudes wilsonistas.

Pero la militancia política es algo que tienen vedado los doce mil uruguayos fieles de esta religión. Tampoco pueden consumir drogas, hacerse tatuajes, recibir una transfusión de sangre y servir el ejército militar. Ni siquiera festejan los cumpleaños. Pero eso uno lo sabe después. A priori solo conoce que son esos hombres de corbata y mujeres de pollera que tocan el timbre de casa algún domingo de mañana. En realidad las salidas puerta a puerta son todos los días y en horas variables cada mes.

En esta tarde primaveral, de esas que las pelusas de los plátanos de Rivera hacen toser a cualquiera, hay poco movimiento en las calles. El viento obliga a que las casas tengan las ventanas cerradas y que Ricardo deba llevar boina y un abrigo que apenas deja ver su camisa y corbata. “El mensaje que llevamos es importante por lo que vestir bien es fundamental”, dice camino al lugar de encuentro, y aclara que las recorridas solo se suspenden por lluvia.

Sabe que llega porque a lo lejos ve a su esposa conversando a través de un portero eléctrico. Fue ella quien lo acercó, hace 43 años, a esta fe cristiana que dista del catolicismo y del protestantismo. Ella, que de pequeña era de ir a misa todos los domingos y que hasta entonces consideraba a Jesús como parte de la Trinidad (los Testigos de Jehová lo consideran como un simple hijo de Dios), recibió uno de esos folletos que ahora su familia reparte. Lo cierto es que no le dio mucha importancia y lo guardó dentro de una Biblia. Al tiempo fue a agradecer a la Virgen de Lourdes. Fue entonces que dentro del libro que llevaba volvió a encontrarse con aquella hoja. Y se motivó con la nueva propuesta.

Nueva para ella, claro. Porque los Testigos de Jehová, tal como se los conoce actualmente, datan de fines del siglo XIX. Y, según ellos, en la Tierra Santa, previo al exilio a Babilonia, ya hubo testigos. Pero la novedad hizo que Ana empezara a entusiasmar a Ricardo, hasta que ambos, ya con un hijo mediante, decidieron acercarse a esta fe que nuclea a ocho millones de fieles en el mundo y cuya sede central está en Estados Unidos.

Al padre de Ana mucho no le entusiasmó la propuesta. Sobre todo se negaba a que su hija no participase más del festejo del Día del Padre, ni de la Madre por tratarse de meras fechas comerciales no estipuladas en la Biblia, ni siquiera de la Navidad y de los cumpleaños porque “en las escrituras no hay referencias a nacimientos y Jesús dice que es mejor recordar el momento en que la obra ya está completa”, argumentan. Pero, con el paso de los meses, toda la familia terminó asistiendo a las asambleas. A esa que hoy Ricardo está invitando.

Tras saludar a su esposa, toca su primer timbre del día. Espera un minuto y… no atiende nadie. “En este caso tiramos el folleto por debajo de la puerta. Eso sí: el papel debe entrar totalmente y si es una vivienda con más de una propiedad no se deja nada para no confundir con una simple publicidad”. Ricardo comenta cada paso al estilo de un manual. Además de leer la Biblia y la revista de El Atalaya que entregan mes a mes, tuvo que estudiar la Escuela para el Ministerio Teocrático, que no es otra cosa que cómo actuar a la hora de persuadir a los vecinos.

No se desanima y continúa el trayecto en sentido antihorario. Esta vez son nueve fieles los que recorren esta zona. Y las casas se reparten en forma escalonada. Ricardo aventaja al resto de los compañeros y frena en un domicilio enrrejado. “Antes tocábamos timbre y la gente nos invitaba a pasar”, dice. “Ahora, por miedo, nos atienden a los gritos y bien de lejos”.

Pulsa el botón y… nada. Otra vez pareciera que no hay nadie. Da media vuelta para perfilar hacia la siguiente casa y, justo entonces, se acerca una chica de veintipocos que vive en ese hogar. La joven no tiene más remedio que atender la solicitud de Ricardo. Toma en sus manos el folleto, le agradece y le explica que es atea. “Esto es un no con estilo”, bromea él.

Pocas veces los Testigos de Jehová en Montevideo se cruzaron con recepciones hostiles. Alguna vez algún integrante recibió un insulto o la broma de que en esa casa son creyentes de Satanás. Pero nunca hubo violencia extrema.

Tampoco un testigo lo hubiese aceptado. Por interpretación bíblica se oponen a todo aquello que los acerque a la guerra (en Corea del Norte hay 15 mil fieles presos por ello). Hasta el boxeo y las artes marciales están mal vistas. Menos que menos comparten que haya sangre derramada, porque la consideran “sagrada”. De ahí que la transfusión de sangre es entendida como un consumo y, por tanto, está prohibida. A cambio, buscan técnicas médicas alternativas.

“No es fácil ir contra la corriente”, admite Ricardo camino a la tercera casa del día. “Nos distanciamos de las modas: antes no usábamos barba para diferenciarnos de los guerrilleros; no nos hacemos un tatuaje ni tenemos el pelo con rastas o crestas”. Tal es así que para hacer “más llevadera” sus vidas en una “sociedad de consumo”, suelen casarse entre los propios testigos y establecer lazos de amistad cerrados (sin perder la relación con el resto de la población, aclaran).

La tercera vecina argumenta que es católica, pero los felicita por la tarea. Ricardo ríe. Hoy está “sin suerte”. A dos cuadras es la casa de Daniel, quien hace años recibe mes a mes las revistas que los testigos le llevan. Porque, más que invitar a la asamblea, el objetivo durante el resto del tiempo es predicar y llevar las enseñanzas bíblicas.

Son las mismas revistas que salen en todo el mundo en diferentes idiomas ¿Cómo se financian? Por donaciones anónimas. No aceptan el pago del diezmo ni piden dinero en las reuniones. Toca timbre y Daniel le agradece pero hoy está “complicado”. Ricardo asume que anda sin suerte y lo confirma en las siguientes ocho domicilios que visita. La tos por las pelusas es cada vez más intenta y sirve de excusa para ir a descansar. No se desanima, sabe que mañana volverá a las calles: cuestión de fe.

Con opinión pero lejos de la política

“Mientras no atente contra la ley de Dios, aceptamos las normas del Estado”. Ricardo Picún es determinante al afirmar que los Testigos de Jehová no desean injerencia alguna en las decisiones políticas. Aunque algunas de las leyes más polémicas aprobadas en Uruguay no fueron de su agrado, tampoco manifestaron oposición. Por ejemplo, al aborto lo entienden como un “asesinato” y “a los homosexuales se les predica como a cualquier otra persona” pero no se acepta que concreten su orientación, señala Picún. En eso estos fieles cristianos se asemejan a sus pares de otras religiones. Son pocas las veces que la oposición al gobierno de turno fue más evidente porque, de hecho, tienen prohibido por su fe militar en política. Sucedió durante el nazismo, cuando 11.300 testigos fueron llevados a campos de concentración por “objeción de conciencia”.

Una práctica de todos los días

La mayoría de los Testigos de Jehová trabaja en rubros que nada tienen que ver con la religión. De ahí que es más frecuente ver a amas de casa y jubilados recorrer las calles puerta a puerta durante la semana; el resto lo hace los fines de semana. No hay límites de edad, aunque es poco probable encontrarse con menores de 12 años. Es que para integrar la comunidad se exige un proceso de estudio que finaliza con el rito del bautismo. De ahí que el futuro fiel deba tener cierta madurez y responsabilidad de sus actos.

Sin salario y con jerarquías

La organización y la publicidad son dos de las claves que explican que los Testigos de Jehová no decrecen. Se agrupan por congregaciones que tienen a su cargo determinado territorio, salvo el grupo especializado en lenguaje de señas que va directo a casas de personas sordas. En el caso de la zona del Cordón, en la que Ricardo Picún es uno de los referentes, tienen a su cargo 210 manzanas. Ninguno de los fieles percibe un salario por su tarea y tampoco obtienen “títulos de grandeza”.A los sumo, dicen, se reparten tareas según su tiempo y capacidad.

http://www.elpais.com.uy/domingo/testigo-jehova.html

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